LOS 7 DIAS DE “MI SEMANA DE TERROR”

En el devenir del mundo parece haber números indisolublemente ligados al destino de los hombres, la historia colectiva de algunos pueblos y sus civilizaciones, culturas o creencias. El siete parece estar aferrado a esta hipótesis, que no es mía sino que está demostrada desde lejos, desde el mismísimo y recóndito túnel de la historia.

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-7 días empleó Dios para crear el Mundo, a su imagen y semejanza. Seis trabajó, y el séptimo descansó, sólo así se completa el ciclo de los 7 días de la semana, como forma de medir el tiempo que vamos viviendo, y así fue, tal como narro en el libro, como viví los 7 días de mi Semana de Terror y Tortura.

-7 son los colores del arco iris aparecido luego del Diluvio, narrado en el Génesis, Capítulo 9, Versículo 13 en 7 palabras, cuando Dios le dice a Noé: “Mi arco he puesto en las nubes”.

-7 son las virtudes: humildad, generosidad, castidad, mansedumbre, templanza, amor fraterno y diligencia. Y 7 los pecados: orgullo, codicia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.

-7 es el número privilegiado en la simbología judeocristiana, que aparece desde el primer libro del Antiguo Testamento hasta el Apocalipsis.

-7 son las semanas que transcurren entre la llegada de la primavera y la liberación de la esclavitud en Egipto (Pésaj) y la fiesta de la cosecha en el judaísmo (Sucot).

-7 es, para la Cábala, la representación de la Ley Divina que rige el Universo.

-7 son las ramas del saber para los hindúes, así como sus ciudades sagradas.

-7 es el número del Universo para los teósofos, quienes creen que los ciclos cósmicos están gobernados por los siete rayos por los que fluye todo lo que existe bajo el Sol.

-7 eran los sabios de Grecia. Pitágoras, uno de ellos, consideraba que "el número gobierna las formas y las ideas y es la causa de los dioses y de los demonios". Para Pitágoras el 7 representaba la unión de la tríada humana con la sagrada.

-7 son los brazos del candelabro hebreo y cada uno de esos brazos tiene un simbolismo particular.

-7 son las estrellas de la Osa Mayor, madre del tiempo y de los siete poderes para los egipcios.

-7 es el número que gobierna la ley cíclica del tiempo para la Numerología.

-7 son las notas musicales con las que nos deleitan las creaciones de los grandes maestros de la música a través de infinitas combinaciones.

-7 son las Maravillas del Mundo.

-7 fueron los días que cuenta la historia argentina sobre la Revolución de Mayo.

-7 días después de haber nacido, el varón judío es circuncidado.

La lista, incompleta -por cierto- está plagada de curiosidades que recorren fascinantes misterios.

Y lo que me pasó y me tocó vivir durante esos siete días trágicos, sumido en el terror y aferrándome a la vida, no fue ningún misterio, sino una triste y dolorosa realidad que afectó a todos los argentinos, miles y miles de los cuales han desaparecido sin haber tenido la oportunidad de defenderse.

No se trata sólo del padecimiento físico, frente al cual el tiempo permite la posibilidad de recuperación, sino del quiebre moral, del derrumbe de la dignidad humana, que era el objetivo buscado mediante la barbarie y el terror, inspirada y motorizada por los civiles del proceso para no dejar rastro de su intervención, porque el rol del verdadero conductor, el poder detrás del trono, lo ejercieron José Alfredo Martínez de Hoz, Alejandro Reynal y los Chicago Boys.

Si el destino es un río necesario que fluye, mi vida desembocó en el ojo de una tormenta fatal que me cambió la vida en esos 7 días.

Desde el 31 de octubre de 1980 permanecí secuestrado por la dictadura hasta el 7 de noviembre del mismo año, 7 días de un terror alucinante y por momentos desvariante, de vivir con la muerte cara a cara.

A las 16 del 31, la División Bancos de la Policía Federal, sin orden judicial, allanó las oficinas del Banco Latinoamericano, del que era su fundador, vicepresidente y propietario.

Secuestraron carpetas, me llevaron detenido y permanecí incomunicado por 7 días sin ser indagado por ningún juez y siendo torturado, con el objetivo de hacerme confesar delitos inexistentes y luego hacerme desaparecer.

Pero el verdadero trasfondo de ese secuestro eran dos objetivos a través de la desaparición del Banco Latinoamericano, -el único de inversión creado en un país donde regía la política liberal y de destrucción de la industria y los grupos económicos nacionales-.

El primero de ellos fue impulsado por Harguindeguy, Martínez de Hoz y Reynal: robarme el comprador que tenía para mi banco en ese momento y salvarlo a Francisco Cappozzolo de la quiebra que iba a hundir a todo el sistema financiero en 1980, vendiéndole a los franceses, que en realidad querían comprar mi banco, el Tornquist, que era la última joya del grupo, “casualmente” durante el mismo fin de semana en que yo estaba prisionero bajo la tortura.

El segundo objetivo fue el desapoderamiento fraudulento de mi banco para robarse las acciones de la compañía de Austral Lineas Aéreas que permanecían en caución en el tesoro del BLA, para lo cual tuvieron que sacarme la “autoliquidación voluntaria” bajo extorsión, apropiarse de EL y acceder al tesoro para rescatar los títulos. Mucho más simple que los boqueteros.

El objetivo final de la política financiera consistió en “depurar la plaza”, casi una modalidad criolla del nazismo económico más acendrado.

Muchos años después de haber sobrevivido a esta experiencia aterradora, un amigo argentino, inteligente y agudo, cuasi filósofo, con muchos años de residencia en Paris, y siempre al frente del Banco Nación, habiendo visto pasar todos los negociados que se hicieron y las barbaridades financieras cometidas por los civiles de la dictadura durante Malvinas, supo decirme que “como banquero no sabés llorar por el ojo de vidrio”, una elipsis que puede definir a los integrantes patricios de la banca local pero no a mí, porque nunca me consideré banquero en el estricto sentido de la palabra, y menos “usurero con diploma”.

Uno de los principios de mi vida fue que el dinero no es un fin en sí mismo, sino un medio, un instrumento de pago o de transacción con una finalidad, que es lo importante. En ese sentido, creo que el fin más apropiado del dinero para el ser humano es mejorar su calidad de vida -desde lo material hasta lo espiritual- para la mayor cantidad de gente posible. Crear oportunidades, porque de eso se trata la vida: poder mejorarla y que merezca ser vivida con dignidad, ayudando en la realización personal.

El Banco Latinoamericano fue, en mi vida profesional, la mejor herramienta que pude imaginar, diseñar y concebir para continuar mi desarrollo creativo independiente, sin importar los resultados, porque mi propósito es producir realizaciones en el ámbito de la arquitectura y la construcción, la política, la cultura, el arte, la música, la economía.

Me defino como un innovador en mis emprendimientos como arquitecto, liberal de centro izquierda en el quehacer político, y respetuoso de mi identidad judía en términos de acervo cultural e identitario, pero primero, como ciudadano del mundo, asumo mi condición de argentino.

Tengo en este aspecto de la identidad una profunda admiración por Raymond Aron, ese gran pensador, filósofo y periodista que fue francés y judío, como a él le gustaba definir su nacionalidad y su identidad. Primero era francés, porque ahí había nacido, era su país y su patria, después se identificaba como judío por tradición cultural, a la que no renunciaba pero de la cual tampoco hacia una práctica.

Es muy interesante analizar el pensamiento de Raymond Aron en relación con este aspecto de la falsa opción que significa la doble identidad, ya que la nacionalidad es una, salvo que uno tenga otra falsa, como tanto pasó durante la represión.

La identidad nacional presenta muchas facetas etno- culturales, cobijadas en una pertenencia a un país en el que la diversidad sea parte de su esencia.

Estoy convencido de que fui perseguido por todo ello, y hasta hoy sufro las consecuencias en un país que, 35 años después del asalto al poder por la dictadura, no tiene del todo claro todavía el papel de los civiles que fueron cómplices de los militares y mucho menos había avanzado en su juzgamiento, pero ahora empieza a tomar conciencia del verdadero rol que tuvieron.

Pero también sé que tengo suerte de estar con vida, con fuerza y coraje suficiente para seguir dando batalla en esto que se ha transformado, ahora, en una guerra contra la impunidad como procreadora y causante de la corrupción, un flagelo que atraviesa a la sociedad argentina como un rayo.

Mientras no construyamos una Justicia justa, donde todos los ciudadanos seamos iguales ante la ley, como Nación no tendremos futuro, porque esa impunidad y corrupción forman un círculo más que vicioso. Y lograr cortarlo lo más de cuajo posible, será ganar la guerra por lograr un país digno de ser vivido por todos.

Lo que leerán a continuación no es un relato condicionado por el odio ni que busque la venganza sino una descripción, un testimonio de un sobreviviente del aparato represivo de la dictadura cívico-militar, con cicatrices que me marcaron a fuego en mi objetivo de perseguir la justicia por la justicia misma.

Soy Eduardo Saiegh, sobreviví a la sala de torturas, a la expoliación de mi banco y de mis bienes, en definitiva al cercenamiento del proyecto de vida profesional-empresaria que me había trazado, a manos de una oligarquía sanguinaria que aún continúa impune, alimentando la hoguera de la corrupción que asola a nuestro país.

Sobreviví a esas largas noches y días de terror y me prometí iniciar un lago camino en busca de Justicia y Verdad y contar mi historia. Una de las razones y el principal motor para no bajar los brazos es luchar contra la impunidad, la causa reproductora de la corrupción que asola y ha devastado a nuestro país.

No busco revancha sino tratar de hallarme, luego de 30 años de una ya gravísima impunidad, con el Eduardo Saiegh anterior a esos 7 días de terror. El mismo pero distinto, sosteniendo siempre la integridad como línea de vida.

Menos dolorido, aliviado, y tal vez, un poco más sabio para tratar de aportar al verdadero sentido de una democracia integradora y participativa, en un país que me dio la oportunidad de hacer y crear, y en el que quiero seguir viviendo de manera plena junto a los míos.

Siete días, un antes y un después. Una historia que aún continúa vigente y con un final inexorable de Justicia y Verdad.



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