HORACIO GONZALEZ - BIBLIOTECA NACIONAL MARIANO MORENO - 22/03/2013

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Fundación para la Integración Latinoamericana (FIL)

“La Responsabilidad de los Jefes Civiles del Terrorismo de Estado”

Horacio González

Biblioteca Nacional Mariano Moreno - 22/03/2013


Voy a comenzar brevemente por la expresión 'responsabilidad civil'. Es sabido que en la Argentina, todos los golpes de Estado son interrupciones institucionales, que resultan imposibles de realizarse sin alianzas, de todo tipo, con las fuerzas militares. Ni en el golpe del 30, ni en el del ‘43, ni en el del ‘55, ni en el del ‘66, ni el del ’76, dejaron de contar con una basta coalición de fuerzas civiles visibles, menos visibles, económicas, y desde luego, también religiosas. Ninguno de estos golpes dejó de producir un fuerte impacto, escisiones y divisiones de todo tipo en las demás fuerzas sociales y políticas, económicas, eclesiásticas, y también militares. Sobre todo en los golpes anteriores al ‘76. Incluso hasta en la época de Onganía había fuerte resistencia -en el interior de algunos sectores militares- a producir una interrupción institucional. En el año 30 también hubo muchas resistencias. Fue una minoría militar la que dio el golpe, con un fuerte acompañamiento de sectores nacionalistas y o fascistas de la sociedad civil. Y siempre con el trasfondo de intereses económicos, algo que nos obliga a tener una respuestas de carácter genérico en relación a las ínter vinculaciones entre economía , política y decisiones militares. O entre economía, política y represión política. El golpe del ‘76 tuvo una característica que no tuvieron los demás golpes, y que a su manera fueron todos represivos, algunos de los cuales tuvieron también fuertes enfrentamientos internos en las fuerzas armadas, como ocurrió en el golpe del ‘43, cuando dos sectores militares se enfrentaron en un largo combate en la entrada de la ex ESMA. Ahí se había refugiado un sector de la marina contrario al golpe de Estado, y murieron muchos conscriptos, tanto de la marina como del ejercito, que se enfrentaron entre si, a favor o no de dar aquel golpe, que tuvo tantas consecuencias en la Argentina.

En el ‘76 se toma una decisión de Estado que hoy es difícil de imaginar. No es fácil imaginar el teatro, o situar la dramaturgia del momento en que se toma la decisión de hacer desaparecer cuerpos. O de producir un tipo de acción llamada después Terrorismo de Estado, ya que eso exigía secreto, clandestinidad. Forjar el Estado como espejo de lo que se suponía, eran las organizaciones que lo amenazaban, pero con un nivel de clandestinidad aun mayor. El cambio de nombres de los oficiales del ejercito, y el tipo de operación ilegal, introduce por primera vez en la Argentina, en términos masivos, la clandestinidad de la acción del Estado. Y un Estado clandestino, no es solamente un Estado antidemocrático. El Estado que actúa con una fachada legal, con una carátula, como los expedientes de índole legal, pero con una estructura interna donde dominan los tratos de carácter clandestino, con el personal militar y de represión generando otras jerarquías, y gobernando en el Estado un tipo de poder dividido. Un poder visible, y un poder invisible, mucho mayor. Esto fue una situación absolutamente novedosa, y que permitió tomar decisiones sobre la vida y la muerte de las personas; gobernar las vidas de las personas, que al mismo tiempo, se las ponía en una situación extralegal de un modo que nunca había existido en la Argentina. Esa situación extralegal, suponía no solo un tipo de prisión, donde no se declaraba cual era su lugar. suponía despojarlos de la condición misma de lo humano; es decir, expropiarles lo mas humano que tienen las personas: su memoria, el nombre y la identidad en cualquiera de sus aspectos; desde la cedula de identidad hasta la manera de caminar; la manera de pensar, y el respaldo ultimo de la responsabilidad, que es la consciencia. Un tipo de gobierno así, no puede ser llamado meramente dictadura. Porque hubo muchas dictaduras en la Argentina, y no tuvieron este tipo de expresión. Esta era una dictadura en sus aspectos mas visibles, puesto que era un Gobierno sin libertades publicas, y al mismo tiempo, tenia la característica de que el verdadero poder emanaba de varias formulas de represión, que también es una palabra que queda un poco disminuida respecto a todo lo que pasaba. Se habían establecido campos de concentración, y muchos de ellos, la mayoría, no habían sido creados especialmente. En realidad, casi ninguno. Actuaban en edificios de las Fuerzas Armadas, o de las fuerzas policiales. Por ejemplo, el edificio de suministro policial, que queda en la Av. Leandro Além, era uno de los campos de detención. Comisarías de barrio, como la de Banfield, eran centros de detención. Quintas de fin de semana del ejercito, algunas compradas en el Tigre, eran lugares de detención y desaparición de personas. El máximo edificio esplendoroso de las Fuerzas Armadas en toda su historia, que es la Escuela de Mecánica (ESMA), sobre la Av. Libertador, una construcción de 1928, de la cual los militares se jactaban por tener una arquitectura refinada, era también un centro de detención. Y aunque todo estaba en tensión por las actividades que ahí se realizaban, se seguían dando clases. Y un poco es la metáfora de la sociedad Argentina. Mientras ocurría lo peor, es decir, mientras se definía la vida de las personas, sin ningún tipo de mediación que no sea la voluntad demiúrgica de un núcleo de militares, en el resto se aparentaba una vida cotidiana. En esa apariencia de vida cotidiana, y ese mundo de apariencias en el que vivió la Argentina, es un mundo que hoy debemos investigar, para determinar que tipo de responsabilidades había.

La cuestión de la responsabilidad no es fácil. Es una palabra que empleamos a menudo. Y casi siempre, significa una expresión de culpa, cuando alguien le adjudica a otro el no haber estado a la altura de sus responsabilidades. Es decir, la responsabilidad genera una identidad ética, y puede ser una imputación jurídica, si es que se puede probar que alguien ha sido responsable de un acto condenado por las leyes o condenado por el mero sentimiento de formar parte de algo tan genérico y aparentemente tan abstracto como es la humanidad. De modo que la responsabilidad, tiene muchas interpretaciones. Es algo que brota de la consciencia. Es una autocontención del propio sujeto en relación a la capacidad de juzgar sus actos. Es un autojuzgamiento que está en todas las filosofías morales; en todas las grandes religiones mundiales. El autojuzgamiento, que muchas veces en la política se llama autocrítica, y en la religiones se llama examen de consciencia, se puede hacer desde el punto de vista de una decisión personal, que crea una consciencia compleja, y se puede hacer desde el punto de vista de las religiones, con la ayuda de un confesor. Se puede hacer en un marco psicoanalítico. Y ese tipo de responsabilidad, presupone que estoy dispuesto a pensar sobre mi mismo; presupone una disponibilidad previa de mi consciencia, de que mi situación en el mundo es digna de ser examinada por mi y en medio de un dialogo. Por eso, la palabra responsabilidad mucho tiene que ver con la idea de algo que exige respuestas, algo que exige dialogo. Y como instrumento de la justicia, la responsabilidad es un lugar mas preciso. Por eso la primera responsabilidad es difusa: depende de mi voluntad, depende de mi capacidad de entrar en dialogo con otros y de mi voluntad de rehacerme a mi mismo en relación a lo que las grandes religiones llaman ‘la culpa’, y que las tradiciones laicas pueden llamar, ‘capacidad de reconocer errores y reencaminar una vida individual’ que esta en manos, precisamente, de quien la ejerce. Es decir, la responsabilidad es un acto de libertad individual. O de construcción de mayores elementos para la libertad individual. Cuando queda en manos de la justicia, la responsabilidad es un formidable instrumento que define grados de participación en distintos tipos de crímenes o distintos tipos de delitos. Y eso el Estado puede definirlo a través de distintos niveles. Recordemos cuando comienza su gobierno Alfonsin, que define distintos tipos de responsabilidades. Era el Estado el que recomendaba los jueces para que tuvieran en cuenta al autor directo de un crimen. Una desaparición, es un crimen que iba mas allá de los crímenes conocidos. Implica arrojar cuerpos al mar, implica torturas desconocidas hasta entonces. O por lo menos, con la masividad con que se emplearon en ese momento. Implicaba, también, un tipo de conducta donde lo político y lo económico estaba relacionado. Porque reproducían los comienzos ignotos, o no tan ignotos, pero por lo menos remotos, del capital y el capitalismo. Como había dicho Marx, con sus poros “llenos de sangre”. Es decir, la relación entre tortura, capitalismo, saqueo, exacción y criminalidad, de algún modo, la acumulación capitalista -lo que Marx llamó la acumulación primitiva- no era un hecho natural de la economía y del capitalismo, que después quiso verse liberal, cumplidor de leyes, cumplidor de códigos, declarante enfático y refinado de que imperaba la libertad de mercado. El capitalismo puede haber tenido muchos momentos de vida útil vinculada a un mercado de libertades y de libres intercambios, sin dejar de considerar la injusticia que eso puede significar para los que tienen menor poder: solamente la disponibilidad de su trabajo y ningún otro tipo de acumulación.

En la historia del capitalismo, existe sin embargo, en sus remotos orígenes, la idea de que es posible hacerlo con sangre, de que es posible hacerlo por la vía militar, o un tipo de violencia donde se une un poder económico a un poder militar. Los tres tipos de responsabilidad que define Alfonsín eran: el que cometió directamente el delito, el responsable intelectual -que es una vieja figura jurídica que queda un poco corta, pero que existe y sigue existiendo, es decir el que forjo códigos e ideas para realizar ese delito-, y un tipo de responsabilidad mas difusa, que son los que acompañaron el proceso; los que pudieron tener conocimiento de lo que se hacia, pero no un involucramiento directo en las acciones. Ese tipo de esquema, no resulto en la Argentina; con eso se hicieron los primeros juicios a los militares, y es un gran merito del Gobierno de Alfonsín haber encarado eso, pero no resulto. Un gran sector de la sociedad quedaba insatisfecha en relación a lo que era el tipo de juzgamiento que proponía Alfonsín en términos de responsabilidad. Parecía un poco estrecha esa idea de la responsabilidad para los hechos enormes de carácter descomunal que se habían realizado encubiertos por el Estado, con capacidad de disolver al propio Estado. Es difícil decir que es lo que era en ese momento el Estado. Había una vida normal en las ciudades, pero esa normalidad era una normalidad que tenia visiones no fácilmente visibles. Ni fáciles de declarar, ni fáciles de hablar, aun entre amigos de mucha confianza. Era el saber sin saber. Se sabia lo que ocurría, pero de algún modo, no se quería saber lo que ocurría. Y los planos complejos de la consciencia que exige un país para sostener semejante aparato de ilegalidad productiva; porque es un tipo de ilegalidad que aun existe. En las policías, y existe en muchos lugares de reproducción económica en el país, pero acá era una ilegalidad sostenida por un frágil Estado que actuaba en la legalidad y que amparaba al Estado ilegal que de algún modo lo dominaba. Todas estas cuestiones son las que están debatiéndose hoy en la Argentina en relación a la responsabilidad civil en el golpe de Estado, con preguntas como ¿Era necesario matar tanto para realizar ese plan económico? De alguna manera, la respuesta debería ser ‘no’. Ese plan económico tenia una tradición liberal que venia desde lejos. Como la familia Martínez de Hoz viene de lejos: son los fundadores de la Sociedad Rural, a finales del Siglo XIX. Una familia vinculada al comercio de granos, o a un tipo de visión de la Argentina como país meramente agro exportador y tributario de un esquema de división de trabajo internacional donde, evidentemente, la Argentina estaba destinada a un papel de productor y con un sector financiero que dominarían ellos. Pero en realidad, grandes periodos de la historia Argentina, desde el Irigoyenismo y luego desde el Peronismo, de algún modo, ponían al Estado en algún lugar que obstaculizaba esta propuesta. Se puede decir que el reinado de un capitalismo financiero de carácter netamente especulativo, incluso con un tipo de mercado salvaje, podía haber sido posible aun si no se mataba tanto. Aun si no se creaba un sistema de muertes clandestinas. Aun si no se hubiesen echado cuerpos en el océano, sin que aun se sepa quienes fueron, y no se conozca la identidad de todos ellos. Sin que, como hoy, sigan habiendo tumbas desconocidas. Sin que, como hoy, siga existiendo el destino de muchos niños nacidos en cautiverio sin que se sepa quienes son. Por lo tanto, es un caso muy virulento de expropiación de identidad. Con esto, lo que quiero decir, es que hay algo en la lógica interna del sector militar -que es finalmente el responsable-, porque aquí no hubo disidencia. De los pocos disidentes que hubo, se los aparto de inmediato del ejercito. Y los casos son conocidos, como el Jefe de Policía de aquel momento, que fue un disidente, o algunos capitanes o generales, porque fue muy pequeña la disidencia. Por ejemplo, en el ejercito de Brasil, ante la formulación de planes parecidos a este -aunque es cierto que en Brasil la insurgencia armada fue de menor cuantía- la Aeronáutica tuvo un sector militar que planifico tirar cuerpos al Atlántico, pero no se llego a hacer por la fuerte oposición interna de la mayoría de la fuerza militar. Son diferentes los casos, pero se puede decir que la consciencia humana, titilante, aunque sea de una manera imperceptible, tiene una libertad interior que, aun en el caso de quienes pertenecen a una fuerza armada en actitud de guerra, y en este tipo de guerra clandestina, hay una ultima chispa de autorreflexión. Pero en la Argentina, de esto hubo muy poco. Y de ahí que arrastro a un gran sector civil, que aprovecho de una manera muy especifica el nuevo poder que se había generado, y que recordaba los orígenes del capitalismo. Es decir, si se puede secuestrar un cuerpo, si se puede secuestrar el nombre de un cuerpo y después hacer que ese nombre desaparezca, evidentemente se creaban muchos otros poderes, los cuales, podían tener una traducción en la esfera económica. Y de ahí la responsabilidad civil.

Es evidente que no se mata tanto por un plan económico. Un plan económico de carácter liberal, o de carácter de mercado, aplastando lo que en Argentina habían sido décadas del Estado con cierta intervención en el mercado y con construcción de empresas publicas estatales, o con financiamiento de empresas mixtas. Todo eso que no estaba en la concepción económica del gobierno de Videla, podía haberse hecho igual, sin tantas muertes. O sin emplear un mecanismo que implicaba tecnologías, y un poco alude a esto la Escuela de Mecánica de la Armada, que era una escuela de suboficiales, y que tenia la escuela de guerra naval para los oficiales. De algún modo, es una ironía sobre la idea del máximo tipo de severidad y exceso que puede cometer una escuela. Es decir, la pedagogía al punto tal que se ejercía un castigo que consistía en torturas terribles y terminaba con una muerte ignota. Y en ironías, como el sector capucha y capuchita. La muerte, cometida de esa manera, originaba en el lenguaje una mutación que recorrió toda la sociedad, como la palabra ‘trucho’ o ‘capucha’. Muchos podrán recordar los eufemismos que se empleaban, como el ‘pentonaval’, o ‘hacer volar a las monjitas’. Lo que destruye a la Nación, no es solo la económica. Muchas veces, también es el desplome de las categorías internas del lenguaje. Aquello por lo cual se entienden millones de personas. Con lo implícito, lo tácito y lo explicito; y en la Argentina dominaba el lenguaje tácito, no el lenguaje literal. Ese lenguaje tácito, llevaba a la ultima verdad, que era: 'Por algo será'. O 'Algo habrán hecho'. De modo tal, que se crea un lenguaje del encubrimiento. El hecho fue tan desmesurado, que no se lo puede interpretar solamente como algo que era necesario para crear una economía neoliberal, como la que hay en tantos lugares del mundo. No. Es un hecho de carácter superior, un hecho casi demiúrgico, creado por señores de la guerra, que ya no tenían otro destino que perder ellos mismos su identidad y su condición humana, y que no necesariamente se correlacionaba con el tipo de economía que querían hacer. Pero lo que si se relacionaba con ese tipo de economía, es que permita el saqueo, permitía la expropiación, permitía crear nuevas fortunas. Un poco, como el origen clandestino de las fortunas que después se hacen legales, que después pasan a tener nombre, a generar respetabilidades burguesas, a crear una oligarquía de prosapia, cuando el origen, tres o cuatro generaciones atrás, es un origen de índole criminal. Todas estas cuestiones están en debate en la Argentina. Y siguen en debate. No solo en el sector económico, que no ha hecho su auto examen de una manera completa, en relación a lo que paso, y es por eso , que el juicio que Eduardo Saiegh esta siguiendo tiene pertinencia...

(...)

(acá se corta la grabación y cuando vuelve pasa a otro tema, es decir, que falta justo la parte en que hace referencia directa al caso. Peor todavía, apenas lo menciona, el volumen se va reduciendo hasta que no se escucha nada, y cuando retoma, ya esta hablando de otra cosa, que no se entiende, porque falta el principio)

(...)

Es evidente que no es fácil matar. Podrá ser fácil para alguien que no esta en posesión de los mecanismos de la consciencia que inhiben ese acto; que es un acto en contra de la humanidad finalmente. Y eso lo dice la Biblia. Y lo dicen también las tradiciones religiosas: “Quien mata a uno, mata a toda la humanidad”. Un delincuente común, por así decirlo, puede no tener esa consciencia, o estar poseído por otra consciencia momentánea, que lo lleva a no censurar para nada una capacidad oscura de querer tener una victima a su disposición. Pero que esto pase en una Institución, es muy difícil. Es muy difícil matar desde una institución. Es muy difícil conseguir un torturador perfecto. De algún modo, la tradición inquisitorial de la Iglesia fue muy compleja, porque, al mismo tiempo que crea grandes maquinarias de torturas -y hay museos de la inquisición en todo el mundo, que son museos de la tortura- pero también los curas inquisitoriales, que son los que leían los textos de los otros, lo textos peligrosos, los que hacían el index. Por lo tanto solía coincidir con que eran los curas, o los sacerdotes, sobre todos los de la compañía de Jesús, los mas cultos o los mas evolucionados intelectualmente, y muchos de ellos, percibiendo claramente en manos de que situación estaban, pasaron a formar parte de un sector humanístico que actuó con mucha profundidad en estos casos, y en sentido contrario al que la inquisición los destinaba a actuar. Por eso la situación es muy compleja. Y para convertir a una institución militar en una institución asesina, se precisa un sistema de símbolos muy complejo, que aturdan o que calmen la consciencia del asesino. O le haga pensar que lo que hace esta bien. Y supone también la salvación. Todo esto es de una complejidad enorme, y no pretendo con esto indicar la ruta de la culpa de nadie, lo que pretendo es que la Argentina entre en un plano mas riguroso de examen de las consciencias colectivas de todos. Porque, efectivamente, cuando un aviador volvía de un vuelo sobre el Río de la Plata, después de aterrizar, en Campo de Mayo, o en la ESMA, había un confesor. Alguien que le decía que eso era en nombre de la patria, en nombre de Dios. De modo tal que no hay ninguna institución, ni militar, ni eclesiástica, ni empresarial, ni universitaria, ni intelectual, ni jesuita, ni franciscana, ni policial, ni bibliotecaria, que este exenta, en su interior, de tener esa responsabilidad. O esa reflexión sobre la responsabilidad. De ninguno de nosotros esta garantizado lo que podemos hacer en situaciones de riesgo, de amenazas, de amenaza a nuestra propia vida, o en situaciones donde vemos amenazado un valor excepcional que queremos defender y no sabemos como.

La Argentina es un país de tradición humanística, a pesar de que forjo el Terrorismo de Estado y terribles guerras civiles en el siglo XIX. Y aun así, en su tradición humanística, que es una tradición laica y también religiosa, hay una religiosidad popular. Los creyentes argentinos, en la diversidad religiosa de la Argentina, son los forjadores de esa tradición humanística y critica, y son ellos los que deben seguir sosteniendo la capacidad de las instituciones argentinas -o mundiales-, que traten de las creencias. Para que estos exámenes de responsabilidad se sigan haciendo, tanto el individual, que es igual que la culpa -y lo que yo sea capaz de examinar sobre mi propia culpa- como el Estado, señalando responsables de una manera prudente, a fin de reconstruir la vida democrática. Hoy esto presupone mucho mas el auto examen de las instituciones, y cierta hipótesis de culpa. Recordemos la frase de Kirchner: “Vengo a pedir perdón en nombre del Estado”. Es una frase compleja, porque el Estado exige cierta continuidad, y en nombre de esa continuidad -que es tremenda si fuera la continuidad de aquel terrorismo de Estado- se viene a pedir perdón. Lo cual, no solo ya no es tremendo, sino que es un gran gesto. De carácter religioso, porque la teología política -y no solo porque se ha nombrado un nuevo Papa- es un pensamiento muy profundo. Es la forma secular de los pensamientos religiosos, y viceversa. No vivimos en un mundo donde no exista esto. y aun el que se cree ateo, cree en algo. Ahí también hay una teología, aunque sea una teología negativa.

En este mundo en que vivimos, la Argentina tiene que cumplir un papel importantísimo, y está en condiciones de hacerlo. Esta en condiciones de hacer un auto examen que tiene tradiciones como la del padre Hernán Benítez, que fue confesor de Eva Perón, pero que no fue ese solamente su merito -o su dificultad, porque había que confesar a Eva Perón-; sino por ir a los sepelios de los guerrilleros muertos de la época, repitiendo, también, una frase muy extraña: “Muertos por la Nación que no supo comprenderlos”. Todas estas frases son de algún modo ambiguas, pero indican la dificultad del problema; es decir, acusa a la Nación de asesina. El Padre Jesuita, de alto nivel intelectual, y un gran teólogo, como Hernán Benítez. Es muy parecida a la frase de Kirchner. Es decir, se condena a la Nación, pero se le brinda la puerta de salida. ¿Y si los hubiera comprendido? ¿Que hubiera pasado? Hubiera pasado, sin duda, otra cosa. Pero, ¿ quien era capaz de comprender en vez de matar? Ese es otro enigma de la historia argentina. Y hoy, la exposición que escuchamos de Eduardo Saiegh y de Aldo Etchegoyen -y me permito imaginar que la mía también- forma parte de este esquema, de esta invitación, de este enunciado: el de no tenerle miedo a este examen. Vivimos la época propicia para que se haga y nunca deja de agotarse este problema, porque, evidentemente, vivimos épocas terribles. El saqueo apareció como normal, robar una empresa apareció como normal. Tan normal como tirar un cuerpo al río y expropiarlo de todo. Expropiación, en el sentido de la propiedad, pero no en el sentido de la propiedad capitalista. Sino de la propiedad que va desde un lavarropas, un secador de pelo y el nombre, hasta un conjunto de bienes económicamente habidos de manera legitima. Para darle todo ese sentido expropiatorio, a ese momento de la Argentina, todavía faltan muchos años. Quizás estemos cerca alguna vez de decir que se cancela -de algún modo- el examen de responsabilidades, y comienza otra gran tradición critica y humanística de la Argentina, donde convivan los sectores laicos con los sectores religiosos de otra manera; y de una misma manera, cuando se trata de recordar, de constituir la memoria. No como un axioma, sino como una investigación sobre uno mismo. Es decir, sobre las propias desistencias, responsabilidades, culpabilidades, omisiones. Quizás, todo el debate que estamos viviendo en estos días -un debate muy profundo sobre el país- no pueda sino significar que todos estamos dando pasos muy importantes. Mas allá de la voluntad que tengamos -o no- de suponer que la historia ha sido cerrada. Pero la historia nunca se cierra. Y estas voces que escuchamos hoy acá, significan eso de algún modo. La gran frase bíblica 'Justicia perseguirás' es finalmente la tarea, no solo de una persona, sino de muchas, de Naciones enteras, y hay que decir, por ultimo, que es una tarea que no se acaba nunca.

ALDO ETCHEGOYEN

EDUARDO SAIEGH