LA CREACION DEL BANCO LATINOAMERICANO DE INVERSION

Cuando decidí crear el Banco Latinoamericano de Inversión (BLA), como arquitecto y a los 37 años, tuve una visión anticipatoria sobre la necesidad de producir herramientas financieras para la economía tendientes a producir el financiamiento de proyectos de inversión y desarrollo, pero justo cuando logramos ponerlo en funcionamiento fue en un momento histórico de saqueo y desapariciones que impidieron cumplir con nuestros objetivos de aportar al progreso socio-económico del país y su gente.

Esta es la historia de mi banco de inversión, el BLA, pero antes constituye una parte muy trascendente en mi vida por la que persigo y busco justicia desde hace mas de 30 años, ya que lo pretendido  que sea -un "chivo expiatorio" para criminales negociados manchados con sangre- devino en una realización que aunque breve en ese periodo histórico de terror y muerte que padecimos la mayoría de los argentinos, el BLA -como instrumento económico financiero de desarrollo- logró ser exitoso.

Y justamente por ese motivo quisieron destruirlo apoderándose de todos mis bienes y hacerlo desparecer cuando aún hoy permanece vivo como persona jurídica.

El BLA fue uno de esos pocos tipos de instrumentos financieros de capitales nacionales comprometidos con el desarrollo del país y su gente, como lo manifestábamos en los medios gráficos al inaugurarlo en 1976 (Ver aviso).

Sólo con ver qué hicieron los brasileños nos alcanza para verificar que ese instrumento financiero y de desarrollo hoy tiene más vigencia y necesidad que nunca en Argentina. Pero para que ese modelo funcione también es necesaria una Democracia Económica y una Justicia que funcione para reivindicar en hecho que todos somos iguales ante la ley.

Hacia 1973 -me había recibido de arquitecto en 1964- venía desarrollando una tarea profesional exitosa.
En lo empresarial ya había creado mi propia compañía constructora -SAICO SA- en 1970, y había hecho una cantidad significativa de obras muy importantes, particularmente el edificio Proa, en la esquina de las avenidas Córdoba y Leandro N. Alem de la Ciudad de Buenos Aires, cuyo terreno adquirí en 1973, cuando en la zona de Catalinas la única construcción era la del Sheraton Hotel.
El edificio PROA tiene una fachada totalmente prefabricada y un diseño con un carácter emblemático muy personalizado, aun al día de hoy, en particular por su ubicación estratégica en la City.

Además, ya había proyectado y construido con mi empresa constructora una serie de centros recreativos para varios sindicatos, particularmente el de los empleados textiles (SETIA, en Ezeiza, cuando el secretario general era Roberto Amono). Fue, en su momento, el más grande y completo complejo social y deportivo en su tipo en Latinoamérica.

Ese tipo de obras, por sus características y envergadura, me generaron una evolución beneficiosa de mi capital económico y generaron una buena reputación entre los sindicatos líderes de entonces (como los de la Sanidad -ATSA, Guillermo Coronel-, telefónicos -FOETRA, Julio Guillán- o mecánicos -SMATA, José Rodríguez-).

El capital de mis empresas se fue acrecentando, hecho que me permitía desarrollar mis propias obras, sobre todo en lo referido a la fábrica de viviendas industrializadas en hormigón con un sistema propio patentado, ya que el tema de la "vivienda de interés social" fue uno de los motores impulsores de mis desarrollos alrededor de la "arquitectura social".

En mayo de 1975, al regreso de un viaje a Europa, mis hermanos Miguel y Rafael me comentaron la idea de fundar un banco de inversión, diferente a la banca comercial, con la intención de promover y financiar proyectos de desarrollo productivo.
La idea, por el solo hecho que llevara explícita la propuesta de "proyectos", me hizo detener a pensar seriamente en ella porque si bien no era algo que estuviese en mis objetivos en ese momento -porque estaba totalmente abocado a mi tarea profesional- tenía claro que no existía en el mercado la herramienta financiera que me ayudara a potenciar mi desarrollo profesional y empresarial con mayor independencia económica para los proyectos que estaba planificando.

Me tomé, entonces, un tiempo para meditar y estudiar qué significaba un banco de inversión como banca de negocios tal como la había visto en Europa.
También debía evaluar qué vuelco produciría mi vida con esa bifurcación en mi carrera profesional al dedicarme a la arquitectura y dirigir un banco.
La creación de una banca de inversión, a mis 37 años, bien podía calificarse como un acto muy ambicioso, pero no alocado.

El enfoque empresario era el de un "banc des affaires" (de negocios), básicamente un banco de inversión.
En ese momento sólo había uno en su tipo funcionando en la Argentina, el Banco Unido de Inversión, y lo hacía muy esporádicamente, con muy poca penetración en el mercado. De modo que luego de estudiar detenidamente el tema y de sostener varias reuniones con especialistas confiables en el sistema financiero, les confirmé a mis hermanos que me interesaba la propuesta y empezamos a trabajar en la creación de la entidad.

La creación y puesta en marca del BLA fue, a toda evidencia, un salto cuantitativo y cualitativo muy audaz que -tal vez- no incluyó un análisis muy a fondo del contexto político que se estaba viviendo en el país, y si era o no el momento apropiado para lanzarse con esa inversión.
Instalar el banco era dar un paso adelante para disponer de la libertad y autonomía necesarias. Y si bien esa autonomía se distingue de la autosuficiencia y su connotación peyorativa, probablemente la decisión tuvo por entonces algo de audacia por el momento que vivía el país.

Si bien había vaticinios en aquellos días, era difícil imaginar que una banda de civiles preparaba un plan económico que iba a ser impuesto a sangre y fuego por los militares como su brazo armado, y que iba a representar un asalto al país y a sus riquezas, una apropiación de la renta nacional a gran escala, robándoles la vida a miles de ciudadanos mediante la metodología de los secuestros y las desapariciones.

Si bien la idea del banco había empezado a tomar cuerpo a principios de 1975, no consideramos la coyuntura política que ya se estaba viviendo, no visualizamos la tragedia nacional que se avecinaba a través de la más feroz y sangrienta dictadura de toda la historia argentina. Y mucho menos que íbamos a terminar siendo elegidos como víctimas de los socios civiles de los militares, ladrones de guantes blanco manchados de sangre hasta el codo.

También es cierto que la suma exigida por el Banco Central de la República Argentina (BCRA) para instalar un banco en la Capital Federal -U$S 6.000.000- nos encontró, en marzo de 1976 -cuando se perpetró el golpe de Estado- con ese depósito concretado, hecho que nos dejó con el caballo en medio del río. Ya no podíamos volvernos atrás, así que seguimos con bastante preocupación por lo que se avizoraba, y nunca imaginamos que la dictadura iba a ser lo sangrienta que fue ni que iba a arrasar con las instituciones, con la justicia y con la vida de las personas. De haberlo sabido o intuido, hubiéramos detenido el proyecto.

Reconozco un poco de omnipotencia cuando, a mis 37 años, consideré que podía poner en marcha un banco de inversión. También es cierto que de no haber ocurrido los hechos sangrientos y de despojo que sobrevinieron casi de inmediato, no correspondería decir que nos fue mal. En realidad nos fue muy bien con el banco.
La prueba está en que aún a pesar de mi secuestro y de sus consecuencias, en el momento de su liquidación y aún habiendo atravesado las circunstancias que me tocaron vivir en esa época, tenía tres compradores en firme para el BLA.

Otros conceptos inspiradores en la instalación del BLA fue el pluralismo en las ideas políticas de quienes conformaron su Directorio, y la dotación de de recursos humanos muy capacitados en todas sus líneas.
Nada reposó en la improvisación en cuanto a la elección de sus integrantes. De hecho, el primer ministro de Economía de la democracia salió del Banco Latinoamericano: Bernardo Grinspun.

Se sabía que dada la conformación política pluralista del Banco Latinoamericano, ya fuese el radicalismo o el peronismo el que ganase en el momento de restablecerse la democracia en la Argentina, era de ese banco de donde iba a salir el ministro de Economía, ya que Bernardo Ginspun, entonces vicepresidente del BLA, integraba junto con Ernesto Elizalde y Alfredo Concepción el equipo económico del radicalismo. Y por el lado del justicialismo, contábamos con la participación de Armando Blasco (primer presidente del BLA) y Eduardo Setti (asesor económico-financiero), también candidatos por esa fuerza política.

Esta modalidad de constitución bancaria, por su modalidad y concepto operatorio y las personas seleccionadas, fueron algunas de las causas que impulsaron a los genocidas de la dictadura a liquidarnos sí o sí, a pesar de que había tres compradores para el BLA, aún después de mi secuestro.

Y a esto hay que agregar, casi como una crónica de muerte anunciada, la importancia que para algunos integrantes muy importantes de esa dictadura cívico-militar tuvieron las acciones de Austral que permanecían en caución en el banco producto del otorgamiento de créditos.

Como una imagen anticipatorio de lo que sobrevendría, puedo relatar lo sucedido el día de la inauguración de nuestras oficinas en el edifico Proa, en diciembre de 1975.
Para la ocasión hicimos una reunión con el fin de inaugurarlo a la que invitamos a cuatrocientas personas pero sólo estuvieron presentes unas cuarenta porque aquella noche el brigadier Jesús Cappellini anticipó el golpe de Estado que se produciría en marzo de 1976.

En la planta baja y los cuatro primeros pisos del Proa instalé el Banco Latinoamericano, y mi estudio de arquitectura y las oficinas de mis otras empresas, en los pisos 12º, 13º y 14º.

El BLA comenzó a operar en 1977, no sin prácticamente arrancarle a los directivos del BCRA -guardo el registro de las fechas de esas reuniones- la autorización para hacerlo.
El 15 de noviembre de 1976 ya habíamos publicado el aviso institucional de apertura, poco después de que el BCRA aprobara el inicio oficial de las operaciones del BLA. Formalmente comenzamos a operar en 1977 y hasta 1980 tuvimos un crecimiento bastante fuerte, que terminó resultando un motivo de mucha preocupación para las autoridades del BCRA.

En el aviso de lanzamiento decíamos: "Porque creemos en el país y la iniciativa de sus hombres, fundamos el Banco Latinoamericano de Inversión", un texto que sintetizaba el objetivo que nos llevó a fundarlo. Cliquee aquí para ver el aviso.

Luego de casi dos años como banco de inversión, con categoría C y ya operando totalmente en Comercio Exterior, solicitamos la transformación a banco comercial, la que nos fue concedida por el BCRA en 1978

Como mencioné antes, el BLA creció muy fuerte y se consolidó. No fue meteórico, pero ya en 1978 cambiamos los isotipos y logotipos institucionales, los fuimos "aggiornando" y, en 1979, teníamos seis sucursales.

Confiamos la creación de los logotipos e isotipos al estudio de diseño González Ruiz y Asociados, y la publicidad del banco a la agencia Schusheim-Braga Menéndez, el mismo que hoy es "publicista K". ¿Por qué esta inquietud por la imagen del BLA? Porque aún en la evolución de la gráfica del banco buscábamos dar cuenta de que no nos quedábamos a la espera, que íbamos cambiando a medida que los tiempos cambiaban y nuestro desarrollo evolucionaba.

En 1977, también como parte de este impulso y desarrollo, creé la Fundación para la Integración Latinoamericana (FIL),que comenzó a editar boletines quincenales sobre todo lo relevante en el plano económico y financiero.

Contaba con un equipo de especialistas y profesionales de primer nivel. Los boletines eran de una calidad de presentación y fundamentación de contenidos que los convirtieron en novedad en el sistema financiero y empresarial.

En ellos tampoco nos privamos de cuestionar a José Alfredo Martínez de Hoz y su política, con todo el riesgo que ello implicaba.

Otro ejemplo de innovación fue haber sido los primeros en poner en funcionamiento la banca personalizada tal como se la conoce hoy, con un oficial que atendía la cuenta personal del cliente según sus disposiciones, así se tratase de enviarle flores a su amante.

Durante la época de la maldita circular 1050 del BCRA dijimos: "Si se pueden prestar fondos siguiendo esas disposiciones, también se pueden tomar fondos por la 1050. Así es que calzando las operaciones con los tomadores, fuimos los primeros en empezar a captar fondos de inversores con esa dinámica.

Estas iniciativas permitieron nuestra rápida evolución, hecho que alimentó la inquina del BCRA y de sus autoridades financieras y, por ende, su empeño en liquidarlo convencidos de que si nos dejaban seguir creciendo después no nos podrían detener.

Así es que decidieron prevenir. "A estos bichos es preferible matarlos de chicos, no dejarlos crecer. De grandes ya se hace más difícil", pensaban en aquel momento en el Banco Central.

Así llegamos con nuestras operaciones y un arduo trabajo de todos a 1980 con un balance del año 1979 con saldos muy positivos.
También con algunos errores cometidos como, por ejemplo, no haberme puesto al frente de la conducción operativa.
Siendo el vicepresidente ejecutivo delegué la operatoria cotidiana en los gerentes para restarle menos tiempo a mi profesión de arquitecto, de la que estaba enamorado.
Entonces, no me di cuenta que de haber publicado un aviso solicitando arquitectos, me hubiese encontrado con una fila de dos cuadras de profesionales ofrecidos y hubiera podido dedicarme de lleno a la conducción del BLA manejando, por ejemplo, desde el principio la adjudicación de créditos con una actitud mucho más conservadora. Por ejemplo, yo no hubiese sido partidario de darle el crédito a Austral, ni a Sasetru, empresa con la que tuve que lidiar para reducir su nivel de endeudamiento con el BLA.

Fue por ello que me vi obligado a corregir este error y darle una prioridad repentina al banco antes que a mi profesión.
Lo asumo como un error de mi parte en ese momento, ya que tampoco sabíamos claramente, como la mayoría del país, el drama de sangre y fuego que estábamos viviendo.

Cuando tomé la conducción del BLA y sobrevino la crisis de 1980, ya era un poco tarde: los créditos estaban otorgados, el desastre desatado por el BCRA ya estaba encima. Y, a pesar de eso, en enero de 1980, cuando veo venir la crisis sobre el sistema financiero, viajo a Europa para intentar asociarme con el Crédit Lyonnais. Y en efecto, logré iniciar las tratativas para hacerlo.

Respecto a Austral Líneas Aéreas, debutó como cliente del BLA con un crédito de poca monta aplicados a la financiación de los viajes de Sol Jet.

Sin embargo, poco a poco fueron aumentando las operaciones, al igual que las garantías; y cuando me di cuenta ya estábamos metidos en un tema del que no podríamos salir.

La deuda de Austral con el BLA como único acreedor privado aparece dividida por tipo de garantías en las cartas que los accionistas de la compañía aérea enviaron a Martínez de Hoz solicitando la estatización de la empresa y la asunción del Estado de sus deudas.

Como eran prendas sobre aviones, los pasajes, luego la caución de las acciones de la empresa controlante de Austral Líneas Aéreas, no llegué a imaginar que, porque le prestamos a William Reynal, presidente de Austral Líneas Aéreas y primo hermano de Alejandro Reynal, vicepresidente ejecutivo del BCRA -luego revelado como el tesorero de la dictadura- iban a secuestrarme y robarme el Banco con el objetivo de apropiarse de las acciones de la compañía aérea para poder concretar su estatización.

Hacia septiembre-octubre de 1980, en plena crisis, y mientras estaba cerrando la negociación con los franceses, para la venta del BLA, quedamos frente a una encrucijada: o Austral pagaba los u$s 7.000.000 que le debía al BLA, o los teníamos que poner nosotros, ya que de otro modo serían las cuentas del banco las que no cerrarían en las relaciones técnicas con el BCRA.

Como Austral no podía pagar su deuda, diseñaron toda la maniobra con el ministro de Economía, Martínez de Hoz, para transferirle la empresa al Estado y, al mismo tiempo, lograr la liquidación del Banco Latinoamericano. Quedarían, así, confundidas en las cuentas del Estado, la deuda de Austral con el BLA y la del Banco de Desarrollo, que era estatal.

La deuda de los U$S 7.000.000 nunca fue saldada con el Banco Latinoamericano.

Este es el principio de una historia que aún no acaba, y que transformó mi vida en una lucha que ya excede los 30 años.

 



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